EDITORIAL

Arrieros somos

Enero 2007

En un teatro se declaró un incendio en los bastidores. Salió el payaso a dar la noticia al público. Pero éste, creyendo que se trataba de un chiste, aplaudió. Repitió el payaso la noticia y el público le aplaudió más aún. Así pienso que perecerá el mundo: bajo el júbilo general de cabezas alegres que creerán que se trata de un chiste.
S. Kierkegaard

El diario El País abría su edición del 26 de diciembre con el siguiente titular: “Avance del informe de la ONU sobre el cambio climático: 2.500 científicos prevén nuevas olas de calor, deshielos y subidas del nivel del mar. El estudio concluye que parte del calentamiento ya es inevitable y durará siglos.” En él se afirma que en los próximos años asistiremos a una subida media de las temperaturas entre dos y cuatro grados y medio, ocasionando graves olas de calor, sequías y fenómenos extremos (la lluvia será ocasional y se presentará frecuentemente en forma violenta y torrencial, por poner un ejemplo).

La verdad es que esto ya lo vienen diciendo nuestros mayores desde hace mucho: el tiempo se está volviendo loco. Mejor dicho: lo estamos volviendo loco. ¡Más madera!, decía en la peli Groucho Marx –aunque podría haber sido Carlos–. Ése es nuestro lema: más madera, más consumo, más combustible fósil (gasolina, pa’entendernos), más coches, más energía para alimentar una cultura en fase de obesidad, de saturación. Pero esto no puede no tener consecuencias: nada se pierde, todo queda recogido, todo influye, refluye, en esta burbuja de la que formamos parte. ¿Adivinan en qué lugar del mundo (entre otros) aumentarán más las temperaturas y descenderán las lluvias? En la Península Ibérica. Y, dentro de este territorio, ¿adivinan en qué región lo harán con más intensidad? En la zona centro. Extinción de especies, migraciones masivas hacia el norte, conflictos por el agua y otros recursos naturales... ¡Más madera! ¡Es la guerra! Pero nosotros no hagamos caso, ni puto caso (con perdón): sólo son palabras.

Estos fenómenos globales no deben distraer nuestra atención del hecho de que son causados localmente. Dejemos de hablar de una vez del Amazonas y pensemos en el impacto individual y local, en lo que hacemos nosotros y nuestros (des)gobiernos municipales en este negro horizonte que se nos echa encima. ¿Qué tienen que ver las políticas municipales de crecimiento urbanístico –en complicidad con los poderes autonómicos– con el calentamiento global?

Los protagonistas de esta más que posible tragedia –a veces tragicomedia, a decir verdad– son los gases de efecto invernadero, en especial el dióxido de carbono que producen nuestros alegres autos locos (también las fábricas, también la producción de energía eléctrica). Pues bien, la política de urbanismo sigue un patrón de crecimiento que supone alejar las residencias de los centros productivos y de ocio, creando cinturones residenciales a decenas de kilómetros de la capital, que, además de asfixiar medioambientalmente zonas bien conservadas (como la nuestra) aumentan las distancias diarias a recorrer y la velocidad con que se recorren; es decir, más contaminación por tráfico (por cierto, desinteresados amigos de la vida humana: ¿saben cuántos cientos de muertos más se lleva la contaminación por enfermedades respiratorias que los accidentes de tráfico?). Sustituyamos los centenarios bosques que sostienen el cielo sobre nuestras cabezas y evitan que desaparezca el suelo de nuestros pies para hacer –es el colmo del cinismo– una ‘autovía ecológica’ para alimentar los trozos de ciudad que nos borrarán del mapa como pueblos. Aumentemos los residuos y los vertederos. Contribuyamos localmente con toda la fuerza de que la codicia es capaz a validar los pronósticos de aquel informe.
Todo lo que vaya en sentido contrario a este curso, el más mínimo gesto, el acto más (aparentemente) pequeño, es virtud; todo lo que contribuye a deslizarnos por esta pendiente, también por pequeño que sea, es vicio.

A veces hábilmente, otras no tanto, pero siempre de forma humilde, tratamos, los ecologistas, de dar voz a aquello que en este mercadeo en que se discute un futuro que no nos pertenece (y en el que, obviamente, no estaremos) no tiene voz: la naturaleza y las generaciones futuras que vendrán y para las que estamos preparando un infierno (pero no dramaticemos un dramático futuro más que probable: hemos aprendido que esto no tiene ya efecto en nuestras encallecidas conciencias).

Acaso los ecologistas seamos esos bufones de que hablaba el filósofo danés.
Sigamos riendo.

 

Bienvenido Mr. Marshall...

Diciembre de 2006

Seguro que todos nos acordamos de la escena de la película de Berlanga (1953): el genial Pepe Isbert, en el balcón del ayuntamiento, repitiendo una y otra vez: “Yo, como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación y esa explicación que os debo, os la voy a pagar”. De esta avalancha que se nos viene encima, explicaciones no se pueden dar; “pero sí se pueden pagar” se puede pagar con promesas de empleo, con promesas de infraestructuras (que todos los municipios se disputarán y muy pocos, o ninguno, tendrán), promesas de enriquecimiento rápido pase lo que pase. ¿Quién quiere perder el tiempo con explicaciones cuando se pueden comprar votos, conciencias, bolsillos...? ¡Enhorabuena! Se ha conseguido (casi, gracias a Dios) la unidad en los pueblos: la unidad de la codicia; por fin todas y todos oímos: “¿y de lo mío, qué?” Si esto tiene un nombre será algo así como “la perversión de la política”. Nos deben una explicación, pero no nos la van a dar, nos la van a pagar, la cambiarán por dinero. (Cuidado: también hay que gente que dice: ‘nos las vais a pagar’, pero no con dinero, sino con justicia:
¡pónganse barbas en remojo!).

Furtivos,cepos, caciques reconvertidos en demócratas-convencidos-detoda- la-vida... Berlanga podría hacer un “remake“ en estos pueblos, pues muchos están a la espera (mirando, una y otra vez, de reojo, la libreta de ahorros) del nuevo “Mister Marshall de la construcción,” aunque para darle la bienvenida quienes hacen la ley (ambiental, patrimonial, urbanística) tengan también que hacer la trampa. ¡Gran ejemplo para la sociedad!

La M-501 es un perfecto resumen de todo ello: alcaldes que, como en la peli, padecen cierta sordera ante los gritos de la racionalidad, del sentido común que, como alguien dijo, parece ser el menos común de todos los sentidos; alcaldes apoyados en una base de votantes que han confundido el interés público con el interés privado de cada uno. Adelante: que los mayores, eternos adolescentes seducidos por el paraíso del consumismo, pidamos por favor a los Reyes Magos, una gran autovía que multiplique la población de la zona por dos, por cinco, por diez. Pidámosla para que a nuestros hijos les traigan, en breve, un presente y un futuro tan negro como el carbón. Digamos, excitados, nerviosos, ante la noche del 5 de enero:

“Queridos Reyes Magos: traedme una autovía para que vengan los adosados que harán desaparecer a mi pueblo; para que la vivienda se encarezca y sólo la puedan comprar quienes vendan en Madrid, con lo que mis hijos tendrán que irse del pueblo. ¡Ay!, por fa, por fa, Reyes Magos que traéis oro, oro y oro: que los pequeños negocios del pueblo cedan su lugar a los hipermercados; que aumente la inseguridad con tanta y tanta gente y tanto y tanto chalet que custodiar; que la masificación y el colapso se apoderen de las calles, los centros docentes, los servicios sanitarios, las instalaciones deportivas...; que vengan miles de personas sólo a dormir y hacer barbacoas el domingo convirtiendo estos pueblos en extrarradio capitalino; que nos falte la energía por el exceso de demanda; que todo se llene de mierda porque, claro, ¿qué haremos con la basura de miles y miles de forasteros?; que haya muchas casas, con muchos grifos, con muchas mangueras aunque no haya agua que salga por ellos; ¡y campos de golf, muchos campos de golf!; que jamás hagan aquí un hospital -el de Alcorcón estará a sólo 15 minutos por superautovía superecológica con-pasos-para-animalescada- 500-metros (lástima: no habrá animales que puedan pasar por ellos, con lo que está costando)-; y, sobre todo, queridos Reyes Magos, que mi cuenta de ahorro esté llena de ceros a la derecha aunque mi vida, social y pública, sea un cero a la izquierda”.

Pidamos a los Reyes Magos una autovía, ¡total, en mil años todos calvos! Pidamos, como niños que somos, algo que no nos conviene, algo que nos hará mal: una autovía, por ejemplo. Por cierto, ¿nos acordamos, también, del final de la peli?

Los coches pasan a toda leche, SIN PARAR.

El derecho a la normalidad

Noviembre de 2006

El movimiento ecologista no quiere que los pueblos crezcan. El movimiento ecologista no quiere el desarrollo. Prefieren los animales a las personas –como si las personas no fuesen también animales y, a veces, demasiado animales–.

Estos y algunos otros tópicos se repiten una y otra vez, cansinamente, como una letanía sin sentido. Jamás se ha cuestionado el derecho ‘al crecimiento’, sin más, sino el crecimiento desmedido, desproporcionado, la ignorancia sobre los límites físicos con los que choca este enloquecido modelo de (sub)desarrollo; una política de crecimiento urbano que deja sin responder a la pregunta que golpea una y otra vez en los cristales de nuestra ceguera: ¿y luego qué?; política, en definitiva, del ‘Dios proveerá’. Los promotores inmobiliarios y los alcaldes de la zona –sin excepción– conseguirán matar a su propia gallina de los huevos de oro al exprimirla al máximo en tan corto espacio de tiempo.

Lo que el movimiento conservacionista reclama –¿y quién no lo es?, ¿quién no quiere seguir respirando aire en vez de veneno?, ¿quién no quiere conservar un agua que, sencillamente, no te ponga enfermo?, ¿quién no quiere conservar lo mejor de aquello que decimos cuando decimos ‘pueblo’?– no es más que el derecho a la normalidad: el derecho a vivir en pueblos donde no haya ese colapso circulatorio del casco antiguo que ya barruntamos en algunos lugares; el derecho a vivir sin cortes de agua y de electricidad por una demanda que no deja de crecer, aun con la población actual; el derecho a tener instalaciones deportivas y sanitarias que no estén masificadas; el derecho a poder caminar por estos lugares y admirar la belleza que nos rodea y de la que deberíamos sentirnos orgullosos; a poder dar un paseo en verano sin que el ozono, algunos días, estrangule tus pulmones.

Los alcaldes proponen dar la vuelta a nuestros pueblos, como un calcetín: convertirlos en fragmentos de ciudad, en esquirlas de uniformes urbanizaciones que los afeen increíblemente; enjambres de adosados en los que la cultura tradicional se disolverá de forma inevitable; lugares en los que ya nadie conozca a nadie. Esto es, como decía aquél, en dos palabras, indeseable. Y nuestra preocupación es, por cierto, no puede ser de otra manera, tanto ecológica como social, tanto medio-ambiental como humana.

 

Al olor de las sardinas... naranjas

Octubre de 2006

Si algo no estaba del todo claro el orador, encantador de serpientes o Gerardo -que es como se llama el súbdito de esa máquina de dibujar desmadres urbanísticos (Arnáiz Consultores)- ya lo adelantó al comienzo: la ZEPA, en concreto el Plan Director, nos limita la expansión urbana. Con esto, y después de haberlo machacado en repetidas ocasiones, consiguió alojar en la mente de los asistentes algo ya hartamente oído: la ZEPA es mala.

Nunca se ha pensado en esta figura de protección como lo que es, un sello de calidad en todos los sentidos para los pueblos que la “padecen”. No está de más recordar que su demarcación fue promovida por la Comunidad de Madrid, gobernada por el mismo partido que en la actualidad. Por cierto Gerardo, hablamos de la Zona de Especial Protección de Aves de los Encinares de los ríos Cofio y Alberche, la número 56. Tú sólo acertaste a decir, después de acudir al comodín del público –poco participativo, que hay mucho miedo-, que era “del Cofio y el Alberche”.

Tras echar cuentas con Tomás, el alcalde, y recordar que llevas desde 1996 detrás del Plan de Colmenar no parece que te hayas empapado de la zona ni mucho menos de su singularidad medioambiental. También tuviste que preguntar si aquel río era el Perales, y sí, lo era. El Avance del Plan General de Ordenación Urbana, como no cabe esperar de otra manera, resuelve las necesidades existentes del municipio. Esas necesidades que atienden a Alian Asesores, a Picadas y a aquellos particulares agraciados con la recalificación. La baba recorría el suelo del habitáculo en el que nos encontrábamos. No había rastro de ilusión alguna en afrontar el reto de la ordenación urbana si no “¿qué hay de lo mío (lo que era de la abuela, se entiende)?.

Y así, afilando el cuchillo, transcurre un acto de este tipo, sea cual sea el pueblo, sea Arnáiz o Plarquin Consultores el que haga ricos a unos y pobres a TODOS. ¿La necesidad de Colmenar pasa por levantar 2000 viviendas? Se confirmó una de mis sospechas: las dos descomunales rotondas con cambio de sentido en la M- 501 –que uno se molesta en hacerse con el proyecto de la autovía en la Dirección General de Carreteras para luego poder hablar con rigor- junto a las gasolineras y el Centro de Tratamiento de Residuos Sólidos Urbanos es lo que sospechaba, un macrocentro comercial. Este desarrollo se propone a instancias del Ayto de Colmenar, que así lo solicitó al equipo redactor según palabras del alcalde (300.000 ptas de sueldo...¡a tiempo “pparcial”!). El mismo, reconocía que “tristemente, hay que atenerse a lo que diga Medio Ambiente”. Destinaba este terreno el entrañable Gerardo a “poner un taller”.

Y como me caí de un guindo puse Telemadrid e hice como si no pasara nada.

* Basado en una historia real: presentación del Avance del PGOU de Colmenar del Arroyo. Edificio Multifuncional, 25 de septiembre de 2006.

Arma Mente

Políticas del regreso

Septiembre de 2006

No, no estamos hablando del regreso de las vacaciones, del regreso de un tiempo de diversión y entretenimiento o, acaso, de aturdimiento.  No hablamos del regreso a una ciudad que nos pone en fuga los fines de semana en busca de un sosiego y descanso que nosotros mismos amenazamos. En este editorial queremos hablar de otra cosa: de la política económica que, sin excepción, llevan a cabo los gobiernos de los municipios de nuestra comarca: una política, según nos dicen, de desarrollo y de progreso.

Aun siendo conscientes de la deficiente financiación de los Ayuntamientos –la cual les hace depender, casi exclusivamente, de las rentas obtenidas por la nueva construcción, pero no es éste el lugar para esbozar siquiera las alternativas–, aun siendo conscientes de ello, decimos, hagamos alguna reflexión sobre dicha política. ¿Es la masificación progreso? Si los pueblos pueden morir por despoblamiento, por atrofia, ¿no es también cierto que, como tales, también mueren de hipertrofia? ¿Es progreso la destrucción de las tradiciones arquitectónicas –y por tanto culturales– por la uniformidad de las nuevas construcciones?  ¿Lo es la degradación ambiental producida por el impacto en el entorno de la penetración humana planeada por los proyectos urbanísticos? ¿No se barrunta en la escasez e insalubridad del agua un futuro que nos lleva al pasado, al acarreo de agua desde lejanas –y cada vez más escasas– fuentes, a la masiva utilización de camiones cisterna, a un uso del agua propio de hace 100 años? ¿Son el colapso de los cascos urbanos, el ruido, el malestar social producido por los rápidos crecimientos de población, los deficientes servicios, signos de desarrollo?  ¿Supone desarrollo el hecho de que la población joven tenga que endeudarse de por vida o incluso alejarse hacia otras provincias debido al precio del suelo y la vivienda en sus pueblos de origen? No, a pesar de toda la verborrea de nuestros representantes, incluido su uso de la expresión ‘desarrollo sostenible’ –también en política lo verde vende más–, estas políticas suponen regreso y subdesarrollo; ya hoy son pasado. Nadie dijo jamás que estos pueblos no debían crecer –y no sólo espacialmente, por supuesto, sino también en bienestar, en calidad de vida, en integración social, en políticas culturales y deportivas, etcétera–; se trata de crecer con medida, con sentido de la proporción, en definitiva, con racionalidad. Se trata de crecer, contra la idea suicida del crecimiento ilimitado, teniendo en cuenta los límites físicos (energéticos, naturales, espaciales) y culturales de nuestros pueblos para que, insistimos, sin dejar de crecer, sigan conservando las características que, todavía, hacen de ellos lugares deseables en los que vivir.

Nosotros, los ciudadanos y ciudadanas, en definitiva quienes deberíamos decidir, tenemos mucho que decir, mucho de qué informarnos –pues mucho nos va en juego– frente a estas políticas del regreso, políticas de urbanismo y ordenación del territorio que dan la espalda a la realidad, fantásticas, propias de quienes habitan en una burbuja... inmobiliaria, por supuesto.

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¡Tssss, calla tonto!

29/07/2006

Dice el refranero que quien calla otorga. Y hoy Telemadrid calló, calló cuando quiso y convino. La noticia no era la confirmación del excremento de lince, tampoco el de gato a pies de la M-501. Hace dos semanas, el vicepresidente Ignacio González aparecía anunciando los resultados obtenidos por la Estación Biológica de Doñana. Sacaba pecho, era gato. ¿Y por qué no iba a serlo si no era el mismo excremento que su tocayo Ignacio Doadrio examinó en Madrid en el Museo Nacional de Ciencias Naturales? Precedió esta aparición en el Telenoticias un risueño y jocoso Julio Somoano (*). Se olvida este hombre de la máxima de la profesión: objetividad. Pero en Telemadrid se olvidan tantas cosas, tantos principios.


La noticia, y vuelvo, no estaba en la confirmación de la presencia del “pinceles” en la Sierra Oeste sino en un plan de recuperación del águila imperial ibérica (Aquila adalberti) que el consejero de la cosa del ladrillo, Mariano Zabía, presentaba esta mañana en el Soto de Viñuelas. Se trata de “un ambicioso plan” para pasar de las 24-25 parejas actuales a 35 en 10 años. Hay dos medidas fundamentales para su consecución: cierre de la M-50 bajo los Montes del Pardo y conversión en autovía de 18 kms de la M-501 (Quijorna-Navas del Rey). Se consigue así actuar sobre más de la mitad de población de imperiales de la Comunidad. Éstas tendrán un acceso más rápido hacia sus zonas de campeo así como pasillos aéreos de más de un carril por sentido. Zabía logra así evitar los choques frontales que tanta mortandad causan en la especie. Y Telemadrid siguió a lo suyo, acompañando la noticia del águila imperial con unas bellas imágenes del vuelo de una pareja de busardos ratoneros (Buteo buteo). Total, un poco de manipulación más ¿lo íbamos a notar?


* Periodista (¿?) de confianza a sueldo del ente público madrileño.

Arma Mente

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